La semana del 4 al 10 de Octubre fue también decisiva porque empezamos a hacer cosas que no habíamos hecho nunca: nuestro primer Ceilidh y la primera clase de esgrima. Las clases se sucedieron sin problema, sólo perturbadas por la somnolencia, que cerraba inconscientemente mis párpados aun estando en primera línea. La comida en el campus está muy rica y nuestra dieta se basa en la italiana, ensaladas y bocatas. Al principio pensaba que acabaría el año doblando en anchura por todo lo que estoy comiendo (ya perdí la cuenta del número de pizzas y donuts), pero toda esa energía la empleamos a fondo en caminar. Sólo cogemos el bus cuando venimos del centro cargadas con la compra de Morrisons, el resto siempre vamos andando a todas partes. Mi madre estaría orgullosa, y lo digo en serio. Lunes dejó paso al Martes, y éste a su vez le cedió su sitio al Miércoles, primer día de esgrima. Era ya de noche, la luz de las farolas iluminaba el camino a seguir. El viento aullaba y se entretenía jugando con las hojas caídas, arrastrándolas de un lado de la carretera al otro. Con la bufanda hasta arriba, nos dirigimos al Sports Village, el pabellón de deportes más grande que vi en mi vida. Baloncesto, esgrima, fútbol, squash, judo y todo tipo de artes marciales, pistas de atletismo, piscina, gimnasio, pilates, yoga y clases de cualquier baile son sólo algunas de las opciones a elegir. Entramos en la clase de esgrima y el entrenador nos hizo empezar a correr y estirar. Como a la primera clase de la semana anterior nos había sido imposible ir, a nosotras y a otra chica más nos enseñaron ese día por separado los golpes básicos, movimientos de ataque y defensa. La posición siempre es con las rodillas flexionadas, así que imaginaros el dolor de piernas después de dos horas así. Si la caminata no nos ayuda, desde luego la esgrima hará maravillas con nuestras piernas!
En el momento en el que tuve un florete en la mano, mi cara se iluminó como una niña pequeña a la que le dan un caramelo. No era nada fácil manejarlo, concentrarse en repartir el peso del cuerpo y equilibrarlo, tener las piernas flexionadas y los pies en determinada posición al mismo tiempo, pero era divertido. Cuando al final de la clase dos de los chicos de nivel avanzado que ayudaban al entrenador empezaron a fintar, me quedé embobada mirando. Mi mente se desató inmediatamente y mi imaginación voló, pensando si algún día yo podría hacer algo así. Quizá deba dejarle las florituras a Jack Sparrow y centrarme en aprender poco a poco. Después de los entrenamientos, los chicos de esgrima salen siempre por el centro, nosotras habíamos ido con ellos la semana anterior, cuando hicieron la primera quedada antes de empezar las clases, pero ese día estábamos cansadas y volvimos a casa. Fue toda una experiencia, no sé cómo definirlo. Hacer esgrima era algo que siempre había soñado, igual que los protagonistas de las historias que leo. Es fantasía mezclada con realidad tal vez, pero ¿no me había propuesto hacer aquí todo lo que nunca había hecho en Galicia? Alguien me dijo una vez que soy como un pajarito que anhela volar y explorar, aunque siempre acabe volviendo al nido. Hace un mes que di el salto y creo que estoy empezando a coger altura, vamos a ver si puedo cumplir mis metas…
El viernes al atardecer en el edificio central de las residencias había una fiesta organizada por la Charity Society: un ceilidh, baile tradicional escocés. Fue lo más divertido que hice desde que estoy aquí, me lo pasé estupendamente! Cuando me fui de intercambio a Irlanda en el instituto ya habíamos hecho un baile parecido, por lo que no era nuevo para mí. Pero de esta vez era mucha más gente y un grupo de 3 músicos tocando en directo para nosotros .En parejas, por grupos de 4 o de 8 personas, en círculo o en fila, los juegos de manos y los saltos se sucedían unos a otros, mientras la música folk sonaba sin descanso. La gente se reía sin parar, mirándose unos a otros para seguir bien los pasos. Cenamos allí comida tradicional escocesa (un guiso de carne), y continuamos bailando sin descanso hasta la Medianoche. A las 8 de la mañana del sábado un bus nos recogió bajo una fina lluvia para llevarnos 3 horas por la carretera hacia Inverness. Nuestro destino era el lago Ness. Celi quedó profundamente dormida contra la ventanilla, yo me amodorré en el asiento, despertando a cada rato. El paisaje era bello: campos y praderas verdes con ovejas y vacas pastando, pueblos pequeños de ladrillo rojo y las iglesias con torres altas de piedra iban quedando atrás. Pasamos Inverness, la capital de las Highlands, y unos 15 minutos más tarde empecé a vislumbrar el azul oscuro del agua del lago, bordeado por el frondoso bosque Caledonio. Su inmensidad me sobrecogió, es como dos o tres veces la ría de Vigo y divide a Escocia en dos. El bus nos dejó en tierra y después de sacar una foto con Nessie, un barco nos esperaba en el muelle. De pie en proa, dejé que el sol calentase mis mejillas y disfruté de las vistas. Era maravilloso, el agua chocaba contra el casco y salpicaba, el viento había amainado y las nubes desaparecieron, dejando el cielo completamente despejado. Mi boca abierta describía las sensaciones que me producía estar allí, observando y engullendo todo a través de los ojos. Después de un paseo y algunas explicaciones sobre el origen glaciar del Loch, su etimología o algunas de sus leyendas, el barco atracó en el muelle del castillo de Urquhart. Una sola palabra… magnífico. Fortaleza del siglo VI, desde los tiempos de St Columba, convertido en castillo en la época medieval, sobrevivió a múltiples batallas entre clanes escoceses, contra los señores de las islas del norte y fue también escenario de las luchas entre jacobitas e ingleses. Medio en ruinas se alza imponente y amenazante, pero habla también de épocas de paz y esplendor para el clan de los Ross. Una hora de visita bastó para más de 100 fotos bien merecidas. El bus nos llevó a unos 10 minutos de allí, a un bosque donde nos esperaba una buena caminata. En cuanto nos pusimos de marcha, mi padre me llamó. Era la boda de mi tía Noela y Pablo y mi corazón deseaba estar allí con todos ellos. Hablé con mis abuelos, con mi tía y hasta con mi prima Sara, a la que tengo muchas ganas de ver. No puedo negar que a pesar del pedazo viaje que estaba haciendo, me embargó una sensación de tristeza por perderme aquel día con mi familia. Mi padre evitó que empezara a cavilar cuando le dije dónde estaba. Sé que a él le habría encantado venir conmigo, así que decidí disfrutarlo por los dos, igual que él lo estaba haciendo en la boda por mí. En el bosque tuvimos una dificultad: el camino estaba cortado por un pequeñito río y la gran mayoría del grupo decidimos atravesarlo descalzos. No se lo recomiendo a nadie, creí ver las estrellas de lo fría que estaba el agua. Eso sí, fueron unas risas. De vuelta al bus todo el mundo se adormiló y las horas pasaron de nuevo. Llegamos sobre las 8 a Aberdeen.
El domingo fue un día tranquilo en casa y por la tarde empezamos a cocinar para la Spanish dinner. Vino Shayla, una de las españolas y entre sartenes y fogones, hicimos 3 increíbles tortillas, un arroz marinero y la famosa tarta de piña de mi madre. Con decir que no sobró absolutamente nada y que se aprovecharon hasta las migas creo que ilustro bastante bien la escena. Éxito completo!
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