martes, 19 de octubre de 2010

Primeros días de clase… Parte Primera


Después de mi primera semana en Aberdeen, empezamos las clases. Nuestro horario es el sinsentido más grande que hay: sólo tenemos 2 asignaturas con 6 horas por semana, es decir, clase los lunes y los jueves solamente. Puede parecer una ganga, y en cierto modo lo es, pero cuando te ves con tanto tiempo libre ya no sabes en qué emplearlo. El sistema educativo es similar, tenemos clases teóricas los lunes y las prácticas los jueves y nos toca leer un libro por semana. Language: variation and change parece más sencillo que diacrónico, así que se lleva bien. El único problema es que las clases empiezan a las 9 de la mañana, jodienda grande para quien está acostumbrado al horario de tarde. Y yo que tanto me quejaba… En American Literature los profes dan un par de semanas cada uno, una de ellas me recuerda a Patricia. Sinceramente, la echo de menos, me gustaban sus clases. Entre una y otra Celi y yo vamos hasta The Hub, un edificio con varios pisos, cafés y un comedor universitario bien grande. La primera vez que entré fue como verme a mí misma en una película americana de universitarios, a lo Ameriacan Pie: bufets con diferentes tipos de comida, olor a especias y pizza, alumnos con bandejas rojas trasportando la comida… Y después de Norteamericana, normalmente recorremos el camino al centro, haciendo una parada obligatoria para apoderarme de unos exquisitos donuts con mermelada de frambuesa que llaman por mí desde su estantería. Un largo camino hasta nuestro destino: el supermercado Morrisons y Primark. Al terminar nuestras compras, desandamos el camino hasta casa, unos cuarenta y cinco minutos de cháchara y risas entre hojas caídas y viento. La ciudad tiene un encanto particular, con sus calles empedradas, sus parques inacabables y sus edificios de cuento de hadas. Es una teletransportación a los castillos, uno puede imaginarse a Rapunzel encerrada en una de esas torres y al príncipe trepando por su trenza. Y lo mejor es que todavía no la recorrí entera, me falta todo el puerto y la playa.

Mi mundo da vueltas y vueltas, no para de girar, los sentidos se confunden y las fronteras de la realidad se difuminan poco a poco. Pierdo la noción del tiempo, no sé a qué día me encuentro. Parece como si ya llevase una eternidad viviendo aquí, pero a la vez el tiempo pasa despacio, arrastrándose vagamente sin prisa ninguna. Los días se suceden unos a otros, el tiempo acompaña mi estado de ánimo, cambiando en cuestión de minutos. Parece que se alternan concienzudamente, un día el Sol brilla en todo su esplendor y al siguiente la Lluvia no da tregua. El frío se cala en nuestros huesos, traspasando todas las capas, incluyendo las anímicas. Pero no es algo triste, es… bello. Podría quedarme horas mirando a través del cristal de mi ventana cómo caen las gotas, o como el viento mece los árboles y las hojas marrones revolotean alrededor, anunciando ya el pleno Otoño, mientras mi mente vaga de un lado a otro, viajando a la velocidad de la luz hacia el pasado, recordando buenos momentos, posándose en mis recuerdos. A mi memoria vienen los nombres de las personas más importantes de mi vida constantemente, inevitablemente. La morriña se mezcla con el bienestar…

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