domingo, 8 de mayo de 2011

Dublín

Después de pasar toda la noche de fiesta, entre el Watering y la habitación de Marius como “discoteca”, la cama me recibió escasas 2 horas antes de abandonarla por unos días… ¡nos íbamos a Dublín! María, Miguel, Belén, Shayla, Masun, Vincent y yo cogimos un avión y llegamos a mediodía. Creo que de todos los viajes que llevo hechos, éste ha sido el que más me ha impactado. Llevaba muchos años queriendo ir y no me decepcionó en absoluto. La emoción que me embargó es indescriptible, sabía que estaba cumpliendo uno de mis sueños. La capital irlandesa nos recibió con su frío verde abrazo… mientras cogíamos un bus al centro. Las casas de colores captaban mi atención, trayendo a la memoria el recuerdo de otras casas hermanas, pero al sur del país. Ésa era otra tarea pendiente, algún día volvería a Ballingeary…

Cogimos un bus que nos dejó una hora más tarde en O’Connel Street, el corazón de la ciudad. Las estatuas de personajes ilustres nos saludaban desde la altura a lo largo de la calle. Con un bocata por el camino, los ojos desorbitados y la maleta en la otra mano, nos encaminamos hacia el hostal. The Spire, el monumento más alto de toda Europa, nos señalaría el centro en caso de perdernos. Atravesando calles y más calles, pasamos por delante del Trinity College sin saberlo. Y allí, a la entrada de Grafton Street, nos miraba con sus ojos apagados Molly Malone, dándole la bienvenida al viajero y ofreciéndole una buena foto. Continuamos por la calle, donde la música llegaba de todas partes. Flauta, violín, acordeón…. La melodía folk flotaba en el ambiente y se colaba en nuestros oídos con cada paso… es la ciudad con más músicos en la calle por metro cuadrado, la vida estalla en alegría vayas a donde vayas. El hostal era un sitio para estudiantes, reservamos una habitación de 10 para nosotros y la compartimos con otras 3 personas más. Dejamos las cosas y fuimos a dar una vuelta. Pudimos ver poco porque los museos cierran a las 5 de la tarde, así que recorrimos las calles hasta la zona del Temple Bar. Me recordaba a la zona vieja de Santiago… una trampa mortal para turistas, un buen paseo a orillas del río Liffey y tantos pubs y restaurantes que era imposible tomar nota de ellos. La hora de cenar nos hizo rugir el estómago y nos liamos buscando un buen sitio. Acabamos cenando pizza y pasta a la marinera y unas pintas por la zona. A la mañana siguiente, café con tostadas y cereales para coger fuerzas… íbamos a hacer un tour guiado por la ciudad. Arrancamos desde Dublin Castle. Del castillo medieval, levantado por el rey John (el malvado Juan sin Tierra de las leyendas de Robin Hood), sólo quedaba una pequeña parte. Sus muros contaban historias de prisioneros de clanes irlandeses que lograron burlar a los ingleses. El resto del edificio fue utilizado como centro de poder de los ingleses en Irlanda. De allí pasamos a unos hermosos jardines con dibujos geométricos que desde el aire forman un símbolo celta. Nos llevaron hasta O’Connel Street a visitar las estatuas de los libertadores de la República, pasamos por la zona de la Biblioteca Nacional, la Art Gallery y el Museo de historia. Un breve descanso en la zona del Temple Bar para tomarse un café irlandés que nos amparase del frío y luego continuamos con el tour. Por la tarde fuimos a ver el museo de los escritores y seguimos paseando por la ciudad. El tercer día era también la despedida de Shayla y después de ver la Art Gallery y la Biblioteca Nacional por dentro, le hicimos una visita a la estatua picarona de Oscar Wilde. Shayla marchó a mediodía y nuestro viaje continuó por las dependencias de la biblioteca del Trinity College. Esa misma tarde recorrimos la zona del río y caminamos hasta el Museo de la Guinness. No hay descripción que valga para decir el gustazo de tomarse la mejor Guinness de mi vida en un bar del séptimo piso, acristalado, con música tranquila y teniendo a la entera cuidad de Dublín a mis pies, anocheciendo. Así nos despedimos de Dublín y a la mañana siguiente tomamos el avión de vuelta a Aberdeen.

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